Intervenir sobre los procesos sociales que producen sufrimiento, una de las claves de la prevención en salud mental

Columnista invitado (*) l Cada vez que ocurre un hecho violento, la primera pregunta suele ser clínica. Pero reducir el sufrimiento humano a una categoría individual deja afuera buena parte de lo que realmente lo produce.

Cada vez que un acontecimiento conmueve a la opinión pública y alguno de sus protagonistas presenta conductas consideradas extrañas, disruptivas o violentas, emerge una pregunta que parece organizar todas las demás: ¿qué diagnóstico tenía?

A veces, la interrogación adopta otras formas: ¿estaba medicado?, ¿había abandonado el tratamiento?, ¿tenía antecedentes psiquiátricos? La búsqueda de respuestas suele orientarse rápidamente hacia el individuo, como si allí pudiera encontrarse la totalidad de la explicación.

Sin embargo, aun cuando las dimensiones clínicas y asistenciales resultan fundamentales, cabe preguntarse si son suficientes para comprender un hecho de estas características. La pregunta conduce necesariamente a un problema más amplio: qué entendemos por prevención en salud mental y, sobre todo, desde dónde la pensamos.

Los límites del modelo clásico de prevención

Clásicamente, la prevención ha sido organizada en distintos niveles: primaria, secundaria, terciaria y, más recientemente, cuaternaria. Se busca evitar la aparición de enfermedades, detectarlas tempranamente, disminuir secuelas o evitar intervenciones innecesarias.

Estas formulaciones han sido de enorme importancia para la salud pública, pero comparten un rasgo: la enfermedad es el centro alrededor del cual se organiza la intervención. Se previene aquello que ha sido previamente definido como enfermedad o como riesgo.

La prevención no consiste únicamente en detectar riesgos individuales, sino en intervenir sobre las condiciones sociales. (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)
La prevención no consiste únicamente en detectar riesgos individuales, sino en intervenir sobre las condiciones sociales. (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)

Cuando este esquema se traslada linealmente al campo de la salud mental aparecen dificultades. ¿Qué significa prevenir un brote psicótico? ¿Es posible identificar de manera inequívoca los signos que conducirán necesariamente a su aparición? ¿Hasta qué punto ciertas experiencias pueden comprenderse exclusivamente a partir de categorías diagnósticas que, además de orientar intervenciones clínicas, producen efectos de estigmatización?

El diagnóstico nunca es neutral. Organiza sentidos sociales, nombra, clasifica y ordena experiencias. Pero también puede etiquetar y simplificar procesos complejos. La explicación biomédica, a veces, corre el riesgo de clausurar interrogantes que deberían permanecer abiertos.

De la enfermedad a las situaciones-problema

Los sujetos no construyen sus padecimientos en el vacío. Tampoco sus síntomas emergen aislados de las condiciones históricas, sociales y culturales en las que viven. Los modos de sufrir, de expresar el malestar y de relacionarse con los otros están atravesados por discursos sociales, formas culturales específicas y condiciones materiales concretas de existencia.

Ningún padecimiento puede comprenderse completamente por fuera de la época que lo produce. (Foto: Adobe Stock)
Ningún padecimiento puede comprenderse completamente por fuera de la época que lo produce. (Foto: Adobe Stock)

Desde esta perspectiva, conviene desplazar la mirada desde la enfermedad hacia las situaciones-problema. La prevención no consiste únicamente en evitar la aparición de un trastorno, sino en intervenir sobre las condiciones sociales, institucionales, económicas y culturales que participan en la producción del sufrimiento. Prevenir implica desanudar situaciones problema, desnaturalizar discursos y cuestionar prácticas sociales que muchas veces aparecen como inevitables.

Lo que el diagnóstico no alcanza a explicar

Pensar exclusivamente en clave clínica un hecho violento no sólo interpela al sistema de salud en términos de accesibilidad o recursos asistenciales. También obliga a mirar el contexto social en el que se produce. Vivimos en una época en la que la construcción de enemigos ocupa un lugar privilegiado en el debate público. Los discursos de odio, la polarización extrema y las narrativas que convierten al otro en una amenaza forman parte del paisaje cotidiano.

Sería ingenuo pensar que estos discursos permanecen exclusivamente en el plano político. Los sujetos los escuchan, los incorporan, los resignifican y, en determinadas circunstancias, también los encarnan. La subjetividad nunca se produce por fuera de la cultura. Esto no implica establecer determinismos simplistas: nadie podría sostener que un discurso político produce por sí mismo un padecimiento subjetivo. Pero tampoco resulta sostenible la posición contraria, la que supone que los padecimientos pueden comprenderse exclusivamente desde variables individuales o diagnósticas.

Lo que realmente importa al pensar el sufrimiento psíquico

El sufrimiento psíquico posee determinaciones múltiples. Las trayectorias personales importan. Los factores biológicos importan. Pero también importan las desigualdades sociales, la exclusión, la precarización de la vida y los discursos que organizan el lazo social.

Por eso, cuando se discuten políticas de salud mental, el problema excede ampliamente la cuestión diagnóstica: importa qué recursos comunitarios existen, qué redes sostienen a las personas y qué sentidos circulan socialmente acerca del otro y de la diferencia.

Repensar la prevención más allá del diagnóstico

Tal vez allí radique uno de los principales desafíos contemporáneos: pensar la prevención no como una estrategia orientada exclusivamente a detectar individuos en riesgo, sino como una práctica destinada a intervenir sobre los procesos sociales que producen sufrimiento. Prevenir implica también construir comunidad, fortalecer lazos sociales y disputar sentidos frente a narrativas que promueven exclusión o violencia.

Reducir la discusión a la pregunta por el diagnóstico puede ofrecer respuestas rápidas, pero suele empobrecer la comprensión de los fenómenos. Ningún padecimiento puede comprenderse completamente por fuera de la época que lo produce.

Porque allí donde hay un sujeto, también hay una época. Y prevenir en salud mental también es animarse a desanudar los discursos con los que una sociedad produce, explica y tramita sus propios malestares.

(*) El Lic. Jorge Prado es Psicólogo (M.N. 55.582). – Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor en Psicología (UBA), Esp. en Clínica de Niños y Adolescentes. Docente de Salud Pública y Salud Mental – UBA y Miembro de la AASM (Asociación Argentina de Salud Mental). Se desempeña en el área de Psicología Comunitaria y Pedagogía Social, La Matanza.

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