En la movilización en Plaza de Mayo hubo banderas, reclamos y crĆticas al Gobierno. Pero tambiĆ©n historias de vida atravesadas por aulas, apuntes y segundas oportunidades. Hijos de trabajadores, madres que retomaron carreras dĆ©cadas despuĆ©s y jubilados que todavĆa defienden la educación pĆŗblica.
La tarde cayó sobre Plaza de Mayo entre bombos, carteles y una certeza repetida en cada columna: la universidad pública, para miles de argentinos, no es solamente un lugar de estudio. Es una posibilidad. Un ascenso social. Una revancha. Una puerta que se abre, sobre todo cuando las demÔs parecen cerradas.
Mientras desde el escenario los organizadores advertĆan que āla situación es crĆticaā y reclamabanĀ la aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario, entre la multitud aparecĆan historias mucho mĆ”s Ćntimas que las consignas.Ā Historias familiares. Historias de esfuerzo. Historias de madres que estudiaron con hijos a upa y de jóvenes que hoy marchan para defender el mismo sistema que les permitió imaginar un futuro.
Una de esas voces fue la deĀ una estudiante de ArquitecturaĀ de la UBA, que llegó a la movilización con sus hermanas y una frase que terminó resumiendo buena parte del espĆritu de la jornada.
āMi mamĆ” no habrĆa podido retomar sus estudios despuĆ©s de tener tres hijas si no existiera la universidad pĆŗblicaā, dijo, casi como quien acomoda una verdad que lleva aƱos creciendo adentro.

Su mamĆ” habĆa comenzado la carrera de Derecho en Córdoba. PeroĀ la maternidad, el trabajo y las dificultades económicasĀ la obligaron a abandonar. PasaronĀ 12 aƱosĀ antes de que pudiera volver a estudiar. Para entonces ya se habĆa separado, criaba sola a sus hijas y una universidad privada era directamente imposible de pagar.
Sin embargo, volvió.
Retomó materias, reorganizó horarios y terminó graduÔndose en la UBA. Hoy es abogada.
āSiempreĀ nos enseñó a valorar la universidad pĆŗblicaĀ por lo que es y por el prestigio que tieneā, contó su hija, emocionada, mientras alrededor seguĆan sonando redoblantes y cĆ”nticos.
A pocos metros,Ā otra estudiante recordaba a su propia madre con una mezcla de orgullo y tristeza. Contó que habĆa empezado el CBC para estudiar Administración de Empresas, pero tuvo que dejar porque necesitaba trabajar. Ella, en cambio, hoy cursa SociologĆa en la Universidad Nacional de La Plata.
āYo sinceramenteĀ no podrĆa acceder a una universidad privada. Y sĆ© que mi mamĆ” tampoco podrĆa ayudarme con esoā, dijo.
Para ella,Ā la gratuidad universitaria nunca fue un debate. āEra algo normalā, explicó. Creció en escuelas pĆŗblicas y asegura que toda su formación estuvo atravesada por la educación estatal. āGracias a la educación pĆŗblica soy quien soyā, resumió.

LasĀ generacionesĀ se mezclaban todo el tiempo en la marcha.
Jorge, de 80 años, egresado de la Universidad Nacional de La Plata en 1966, caminaba junto a su hermana Marta, profesora de Historia recibida en la UBA en plena dictadura.
āDestruir la educación universitariaĀ es un retroceso históricoā, sostuvo Ć©l. Ella fue todavĆa mĆ”s directa: āLa educación es el instrumento que tiene una sociedad para desarrollarse, para integrar a la genteā.
Ambos dedicaron su vida a enseñar. Y ambos eligieron estar otra vez en la calle.
También estaba Adriana, docente jubilada y exdirectora de escuela, que decidió empezar la universidad a los 44 años, cuando sus hijos ya eran grandes.
āSolo paguĆ© las fotocopiasā, contó sobre su paso por Ciencias de la Educación en la UBA. āNunca es tarde. La universidad te cambia la vidaā.

En otra esquina de la plaza, Juan MartĆnez, egresado de la Universidad Nacional de las Artes y actual trabajador del CONICET, hablaba de sus padres con la voz quebrada.
Su papĆ” era vendedor ambulante. Su mamĆ”, ama de casa. Ćl fueĀ el primeroĀ de toda la familia en conseguir un tĆtulo universitario.
āCuando me recibĆ, el discurso se lo dediquĆ© a ellosā, recordó. DespuĆ©s hizo una pausa breve y agregó: āEstoy acĆ” para que otros tambiĆ©n tengan esa oportunidadā.
La marcha universitaria volvió a dejar una postal conocida: miles de personas defendiendo las universidades pĆŗblicas. Pero detrĆ”s de cada bandera aparecieron algo mĆ”s potente que cualquier consigna polĆtica:Ā vidas enteras atravesadas por la educación.

Familias que pudieronĀ cambiar su historiaĀ gracias a un aula abierta. Hijas que hoy estudian porque antesĀ una madre resistió. Jubilados que todavĆa sienten queĀ defender la universidad es defender el futuro.
Y entre tantos carteles, uno de los mensajes mĆ”s fuertes no estaba escrito en una bandera. Lo decĆa una chica entre lĆ”grimas, pensando en su mamĆ”: la universidad pĆŗblica, a veces, tambiĆ©n esĀ la posibilidad de volver a empezar.



